Si algún título lírico goza de buena salud, desde su estreno en 1871 hasta la actualidad, es sin duda alguna la Aida de Giuseppe Verdi. Un éxito indiscutible, merced a una partitura excelsa y una dramaturgia basada en los amores de dos mujeres, Aida –princesa esclava etíope- y Amneris- hija del faraón- por un hombre, el general victorioso Radamés, todo ello enmarcado en el Egipto de los faraones. Un título que, con el “Ritorna vincitor” o la celebérrima marcha triunfal pervive en la memoria colectiva como “la donna e mobile” de Rigoletto o la waneriana “cabalgata de las valquirias”. Música y drama que se combinan a la perfección.
La Aida representada en la última función de la temporada liceista del 2011-2012, coincidió también con la última función en las tablas del Liceo, de Joan Pons en el papel de Amonasro.Al finalizar el tercer acto, fue aclamado largamente por un público que llenaba el teatro y aplaudió puesto en pie, con lluvia de papelitos de colores incluida. Emotiva despedida después de habernos dado lo mejor de su canto, con su voz y su presencia poderosas, en el acto que tiene la noche del Nilo como protagonista.
Estuvo acompañado porSondra Radvanosvsky (Aida), Marcelllo Giordani (Radamés), Ildiko Komlosi (Amneris, que sustituía a Luciana D´Intino) y Stefano Palatchi (El Rey). Acompañados por la Orquesta Sinfónicadel Gran Teatro del Liceo, el Coro del mismo nombre, mermado parcialmente por una huelga de parte de los cantantes, pero completado por la Polifónica de Puig-Reig. Todos ellos dirigidos por el italiano Renato Palumbo quien condujo correctamente la ópera verdiana.
La clásica escenografía de Josep Mestres Cabanes, restaurada por Castells, la iluminación de Faura y el vestuario de Squarciapino protagonizaron una noche que nos llevó al Egipto de Ramsés III.
Destacó la espectacular voz de Radvanosysky. Cálida, sensual, dominando los registros de su papel, y aunque su acento no sea el mejor de los italianos, fue largamente aplaudida en el “O patria mia”. Giordani destacó en las notas altas, con un canto irregular y problemas en el segundo acto. Amneris destacó sobre todo en el último acto, pero su Anmneris se difuminó ante una potente Aida. Correcto sin más Palatchi. Destacaron, por bien servidos, los papeles del mensajero y la sacerdotisa en las voces de Fadó y Copons.
Todos ellos fueron acompañados por una orquesta que sonó potente y verdiana y que dibujó, junto con los cantantes, una refinada música para las ciudades de Menfis y Tebas.
Del Widmung de Schumann a las "Carceleras" de Chapí
Con un recital de lied dedicado a Schumann, Berg y Strauss, regresaba Elina Garanca a Munich tras su pasado embarazo. Si bien ya había ofrecido algunos recitales y había participado en algunas funciones escenificadas, personalmente sentía curiosidad por ver cuál seria su estado vocal tras su reciente maternidad. Y en términos generales diría que tan excelente o mejor incluso que antes. Sin duda está en plena forma vocal. Es todo un lujo escuchar una voz como la suya en un teatro, tan plena, tan redonda, tan bella...
La cita se abría con Widmung de Schumann, una pieza paradigmática, que resume la expresividad de este compositor, su contenida emotividad. La primera parte contenía de hecho cuatro lieder más de Schumann (Der Nussbaum, Jemand, Zwei Lieder der Braut) y seguía con el ciclo Frauenliebe und Leben (Amor y vida de mujer), con poemas de Adelbert von Chamisso, que contiene páginas maravillosas como las del lied Süßer Freund, du blicktest mich verwundert an. El ciclo, inspiradísimo en manos de Schumann, describe el amor de una mujer por su esposo, desde su primer encuentro hasta su muerte.
Los Sieben frühe Lieder de Alban Berg, con los que continuaba el programa, forman un ciclo de sumo interés y no muy frecuentado en los recitales de lied. Es un ciclo ecléctico, que amalgama los colores y sonoridades del pleno romanticismo con una escritura que deja entrever la atonalidad y la vanguardia. El ciclo requiere una especial concentración, precisamente por esa variada paleta de recursos que demanda al cantante. Garanca salió airosa de la prueba, destacando en los lieder más íntimos y lentos, como el tercero, Nachtigall, o el cuarto, Traumgekrönt. En Youtube encontramos esta grabación en vídeo de una interpretación con orquesta de este mismo ciclo, de 2011, con P. Järvi a la batuta:
La escritura musical de RichardStrauss conjuga especialmente bien con el timbre luminoso y terso de Elina Garanca, y lo mismo con esa emisión amplia pero íntima, que es capaz de desplegar todo su caudal para acto seguido recogerlo sin esfuerzo. Es el caso del emotivo Ach Lieb, ich muss nun scheiden o del más conocido Meinem Kinde. Pero sin duda la recreación más redonda de Garanca, dentro de este capítulo dedicado a Strauss, vino de la mano de un Allerseelen sutilísimo, íntimo, casi susurrado. El resto de piezas de Strauss incluidas aquí fueron Leises Lied, All mein Gedanken y Heimliche Aufforderung, sin duda una selección espléndida de algunas de las mejores canciones de su catálogo.
En términos generales, quizá pueda reprocharse a Garanca una aproximación un tanto operística al repertorio liederista. Esto no siempre es un demérito, pues no pocos lieder requieren de ese énfasis casi escénico. En el caso de Garanca, no es tanto una cuestión escénica o de énfasis vocal, como sí una cuestión ligada a las características de un caudal vocal privilegiado, que tiende a sonar a voz de protagonista, que se basta por si sólo para seducir al oyente. En todo caso, Garanca demostró que, sabedora del caudal privilegiado que maneja, no se conforma con dejarlo sonar, sino que lo maneja y lo controla a plena voluntad, buscando el matiz, las dinámicas, el texto, etc. Es una delicia, en cualquier caso, escuchar el gran repertorio liederístico en manos de una voz tan rica.
El acompañamiento al piano de Roger Vinyoles fue en todo momento matizado, íntimo, sin afán de protagonismo, en un segundo plano que daba suma confianza a la interprete. Ambos repitieron este mismo programa pocos días después, en el Festival de Salzburgo.
Dejo para el final el breve relato de la "fiesta" que se montó con las propinas añadidas al programa previsto. Éstas comenzaron por un bellísimo "Zigeugner" de Strauss y siguieron por una pieza de un compositor lituano, que Garanca indicó que sería la segunda y última propina. Sin embargo, la insistencia del público le hizo salir de nuevo a escena, preparada para brindarnos otra pieza de lied. Pero antes de que se situara ante el piano, alguien desde la primera fila del patio de butacas le gritó "¡Habanera!", y ella, sorprendida, replicó: "¿La Habanera en un concierto de lied?", y se echó a reír largamente. Acto seguido se dirigió al pianista y le preguntó si tenía la partitura de la Habanera en el camerino. Así era, y fue a buscarla, ofreciéndonos así como tercera propina una Habanera de Carmen ciertamente magistral, matizada y teatral hasta el extremo. Inolvidable. Pero la fiesta no terminó ahí, ya que el público consiguió arrebatarle una última propina, esta vez en castellano, para sorpresa de muchos de los asistentes. Ni más ni menos que las "Carceleras" de Las hijas de Zebedeo, de Ruperto Chapí, pieza que Garanca acostumbra a incluir en sus conciertos y que sin duda disfruta cantando. Se cerró con ello una velada magnífica y generosa, a cargo de una de las mejores voces de nuestros días.
Los recitales líricos del Festival Castell de Peralada cuentan este año con dos citas de altura, protagonizadas por Ramón Vargas y Jonas Kaufmann. El primero de ellos ofreció el pasado día 2 de agosto una velada de altísima calidad en la Iglesia del Carmen de Peralada, cuya acústica quizá no sea la mejor para este tipo de citas vocales. En el programa, un recorrido por el repertorio italiano, desde las canciones barrocas de G. Caccini y B. Marcello a las canciones napolitanas de Tosti, Bixio y Rossini, pasando por el gran repertorio operístico de Mozart, Donizetti y Verdi.
El tenor mejicano atesora ya a sus espaldas una dilatada carrera, donde progresivamente los papeles de lírico ligero han ido dejando paso a los de lírico pleno, con algunas incursiones todavía de mayor peso, como su Don Carlo verdiano. El citado paso del tiempo ha dado lugar a un instrumento cada vez más sólido en el grave, con un centro acariciador, redondo, lleno de armónicos, pero con un pasaje algo apretado y un agudo que no siempre deslumbra, aunque siempre se encuentra. En todo caso, el instrumento sigue teniendo un peso y un color atractivos, y no cabe duda de que el mayor atractivo de Ramón Vargas está, más allá de su pura materia prima, en el empleo sutil, elegantísimo y preciso con que aborda cada pieza.
En este sentido, resultó ejemplar su firmeza para abordar las canciones de Donizetti o Verdi, lo mismo que las de Tosti, con la seguridad y empeño de quien las considera verdaderas arias de ópera, exigentes, dignas, no segundos platos para rellanar huecos en un recital. Y así resultaron, auténticas páginas operísticas en manos de Vargas.
De la primera parte cabe resaltar su inmesa recreación de "Il mio tesoro" del Don Giovanni mozartiano y la emocionante página de Il Duca d´Alba de Donizetti, "Angelo casto e bel". Sin duda su voz brilló en estas dos páginas a una altura referencial.
En la segunda parte, ofreció el aria de Un ballo in maschera de Verdi, "Ma se m`è forza perderti", una de esas páginas algo más pesadas que va incorporando progresivamente a su repertorio y que aborda desde el puro belcanto, sin buscar un sonido artficiosamente engrosado ni una expresión afectadamente dramática. Resulta revelador escuchar un Verdi más pesado abordado desde los parámetros vocales del puro belcanto, pues a menudo olvidamos que el Verdi maduro sigue siendo hijo de Donizetti y del propio catálogo verdiano de juventud.
Las canciones de Tosti incluidas ("A vuchella", "Ideale", "L´alba separa dalla luce l´ombra") quizá no hayan encontrado un intérprete tan luminoso y puro como Vargas, desde las cimas alcanzadas por Bergonzi o Pavarotti en su recreación. Es magnífico sentir, como oyente, cómo el texto de estas canciones fluye con sentido y se confunde con una melodía sencilla pero inspirada, como si todo fuera fácil, pero conscientes al mismo tiempo de la complejidad de una interpretación tan exigente. Vargas ofreció por último una muestra de virtuosismo al abordar la "La danza" de Rossini, una tarantella bien conocida, endiabladamente veloz en su ejecución.
Como propinas, el tenor mejicano ofreció dos composiciones de su tierra, "Estrellita" de Manuel María Ponce, y "Muñequita linda" de Maria Grever, motivando la sentida emoción de algún compatriota asistente al recital.
El acompañamiento al piano de Mzia Bachtouridze fue limpio, moderado y firme, dando confianza al intérprete en todo momento. Ramón Vargas comentó en varias ocasiones el programa que venía interpretando, en un esfuerzo por intimar con el público asistente y convertir la velada en una cita todavía más agradable. Sea como fuere, su rendimiento vocal fue intachable, espléndido y singularmente inspirado y seguro con el programa escogido. Sin duda, uno de los grandes tenores de la escena actual. Bravo.